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miércoles 1, octubre de 2014

El desalojo, a las puertas de un comedor

Pancita llena, corazón contento recibe a chicos del barrio desde hace más de una década. Con un contrato de alquiler no renovado y un juicio concluido, el desalojo sería inminente. En el conventillo viven además siete familias. Por Luciana Rosende

 El desalojo, a las puertas de un comedor

 

Todo empezó como un juego. Cuando llegaban los amiguitos de sus hijos, Marcela Morales preparaba pochoclo o tortas fritas, colocaba cajas de zapatos a modo de mesas y servía la merienda en el patio del conventillo. Lentamente se empezó a correr la voz y los invitados se fueron multiplicando. “Cuando me di cuenta, les empecé a hacer la comida”, cuenta Marcela. Desde entonces, hace más de una década, lleva adelante el comedor Pancita llena, corazón contento. En Brandsen 740, justo frente a la Bombonera. Hoy, su iniciativa corre peligro: con una sentencia de desalojo a punto de efectivizarse, busca una solución para poder seguir funcionando. Además, quedarán sin vivienda siete familias.
 
“Yo entro al conventillo con contrato de alquiler. Pero no lo quisieron renovar y se fue a juicio. Estoy pidiendo un lugar para irme y seguir con la contención que le doy a los chicos”, plantea Marcela, sentada ante la misma mesa con caballetes donde una decena de pibes toman la merienda y dibujan con crayones. “El desalojo es inminente porque ya está la orden resuelta. Lo que queda es que se acerque el oficial de justicia con el auxilio de alguna fuerza”, explica el abogado Marcelo Salcedo pero anticipa: “Vamos a intentar prorrogarlo”. Además, comenta que “aparentemente hay intenciones de demoler el conventillo y hacer una nueva construcción”.
 
En Pancita llena, meriendan todos los días y almuerzan dos veces por semana alrededor de 45 chicos de los conventillos de la zona. Los fondos para preparar la comida se obtienen de la venta de pasta frola y gracias a la peluquería que Marcela instaló en el mismo comedor. Además, llegan donaciones de vecinos y contactos de Facebook. Para la hora de la merienda, una panadería del barrio entrega panes y facturas desde hace ocho años. “Creo que se tienen que quedar acá. Me ayudan con la tarea. Marcela es buena pero a veces me reta cuando me peleo con mis hermanos”, sonríe Brisa, con once años y nueve hermanos.
 
Marcela explica que el comedor tiene personería jurídica y que “el Gobierno de la Ciudad nos reconoce como ONG para los delantales, los juguetes y canastas navideñas. Pero para el plato de comida y el lugar, no”. Poco tiempo antes que Mauricio Macri asumiera como jefe de Gobierno, Marcela cruzó la calle y se acercó al entonces presidente de Boca. “Fui con los chicos y le dije que necesitaba una ayuda. Me dijo que tenía muchos comedores y que ya colaboraba con dos, que no me podía ayudar”, recuerda.
 
En el comedor también hay apoyo escolar, taller de dibujo, escuela bíblica y atención médica. Las actividades son casi permanentes, porque a Marcela la obsesiona que los chicos no estén en la calle. Su propia historia en Quilmes la interpela: fue abandonada por su mamá y “regalada” a otra casa cuando su abuela falleció. “Pero no fue una infancia triste porque pude salir adelante”, afirma. “Yo vendía flores en la puerta de un cementerio. Cuando terminaba de vender –cuenta- me compraba un sándwich y una botellita de Coca. Y decía ‘pancita llena, corazón contento’. Pero todavía no imaginaba que iba a tener un comedor”.
 

 

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