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lunes 22, diciembre de 2014

Impulso de vida y lucha

Aquella noche del 30 de diciembre de 2004 el Normal 5 de Barracas perdió a dos de sus alumnos, Lautaro Blanco y Esteban Lucas. Además, otros cinco sobrevivieron. Como lo hacen desde entonces, los chicos y la familia de Lautaro decidieron recordarlos con alegría. Música y un mural de colores para que no exista otro Cromañón, nunca más. Por Lucrecia Raimondi

 

Impulso de vida y lucha

Lautaro Blanco tenía 13 años y León Gieco era su ídolo. Hincha de Boca, su primer sueño fue ser arquero. Pero su sentido de la justicia social lo motivó a escribir canciones y aprender a tocar la guitarra para armar un grupo de rock: Mirá que loco. Había conseguido que lo lleven a muchos recitales en familia. Le gustaba el clima de hermandad y seguir las bandas, alentarlas con banderas, ruido, colores y pasión. En el rock había ritual y los Blanco adoptaban esta cultura porque “a los chicos les encantaba y la pasaban muy bien”, recuerda Mercedes, su mamá. En su casa del barrio de Barracas se palpitaba el recital que Ojos Locos y Callejeros darían el 30 de diciembre de 2004. Lautaro preparó con sus amigos Javier y Guido una bandera especial para esa fecha porque eran dos de sus bandas preferidas. La llevaron a Cromañón horas antes del show para colgarla y que estuviera bien acomodada. Esa noche, el incendio en la presentación de Callejeros se llevó la vida de 194 jóvenes. Entre ellas, la de Lauti. Mailín, su hermana, lo acompañó: con 16 años sobrevivió y estuvo internada tres semanas. A diez años de la masacre, la familia Blanco transforma la pérdida en un impulso de vida y lucha.
 
En Arcamendia al 700, frente a la secundaria del Normal Nº5, la cooperativa de estampados Qué Vaina crea un mural por los 10 años de Cromañón. La idea la impulsa Pablo, el papá de Lautaro. Malena Blanco - la hermana menor que este año termina 5to - con sus amigas y compañeros de escuela piensan una estética colorida “para sacar a Cromañón de la parte triste, de la tragedia, del dolor. Es difícil, pero mis papás me enseñaron que se puede seguir”. El ave fénix, el esténcil de las zapatillas caminando y la frase “tiempo de transformar el dolor en poesía, que la música sea guía de lo que vendrá” enseñan que la familia Blanco tiene un desafío de vida: rescatar lo humano de los vínculos que construyeron, defender “pateando la calle” la cultura y el cuidado de los jóvenes en sus espacios de entretenimiento, luchar para cambiar la sociedad y que Cromañón no se repita nunca más. Mailín participa del grupo de sobrevivientes No nos cuenten Cromañón y Martín, el hermano mayor, es referente de Movimiento Evita de La Boca.
 
“Tenemos diferencias con otros familiares y sobrevivientes porque creemos que Callejeros son inocentes. No participamos de la marcha y evitamos exponernos a peleas. Para nosotros es difícil pasar fin de año acá y el 30 viajamos a Las Toninas. Por eso pensamos hacer una actividad íntima para la escuela, el barrio, la familia y los amigos”, explica Mercedes. El 23 de diciembre inauguran el mural con un festival de rock del que participa Ojos Locos, la banda preferida de Lautaro.
 
Los dos hermanos cursaban la secundaria en el Normal Nº5: Lautaro terminaba 1er año y Mailín 4to. Participaban del Centro de Estudiantes, les gustaba el rock y encontraban allí un interés que los unía. Cuando empezaron las clases en marzo de 2005, pesaba la ausencia de Lautaro y de Esteban Lucas, un chico de 3er año que también falleció. En la escuela quedaban cinco sobrevivientes además de Mailín, quien había sido elegida para presidir el Centro. Cromañón atravesó la vida de toda la comunidad educativa. “El primer impacto fue ‘somos chicos pero nos podemos morir”, retiene Mailén, compañera de Lautaro, y cuenta que había una necesidad general de hablar del tema, de expresar “un sentimiento de rebeldía porque todos están en contra de la juventud”.  

Con Mailín a la cabeza, los alumnos de aquella época organizaron charlas con orientación en los derechos humanos y pintaron sobre la avenida Suárez un mural para no olvidar a ‘Tebi’ y ‘Lauti’. “Buscábamos espacios de catarsis y pintamos un aula toda de blanco para escribir lo que nosotros quisiéramos. Así conquistamos el aula del Centro”, se enorgullece Mailén.
 
Hasta que Malena empezó la secundaria en 2009, el tema había perdido intensidad. Pero el año pasado, impulsó otro mural en la esquina de Arcamendia y Copahue. También, la hermana menor cuenta que realizaron charlas: “Cromañón era el tema que los chicos más prestaban atención. Las primeras fueron sobre la historia, después sobre cómo cuidarse en la calle y en los recitales”.

A la par de su militancia en el colegio, Mailín se juntaba todas las semanas con sobrevivientes para acompañarse y compartir sus posiciones tomadas: no estigmatizar al chico de la bengala porque era parte de la cultura de los recitales y correr el foco de la causa judicial contra Callejeros para apuntar a los funcionarios. Allí conoció a Federico y se pusieron de novios. Se identificaron por salvarse, por perder a sus hermanos menores y circula la idea de que pudo ser Federico quien la rescató: ella no sabe cómo salió, pero él entró cinco veces a sacar gente. Hoy agrandaron la familia y trajeron a Julieta, que con dos meses de vida llena a los Blanco de alegría y nuevos desafíos. “Mi hermano Martín se re impresiona, nunca le tocó la panza a Mai. Cuando nació Juli fue la primera vez que tuvo en brazos a un bebé”, se ríe Malena.  

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