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martes 24, febrero de 2015

Por el territorio de lo olvidado

En el borde de La Boca hay un fotógrafo que inmortaliza historias de los márgenes. Mientras analiza el negocio inmobiliario y las violencias que atraviesan el barrio, planea hacer un espacio cultural para los vecinos dedicado a la fotografía. Por Leandro Vesco

Por el territorio de lo olvidado

Alfredo entró a un geriátrico en Beverly Hills y preguntó si había algún internado que se pareciera a Dios, la recepcionista le dijo que había uno, señaló al fondo del salón y allí lo vio. Dios tenía una cicatriz en la nariz, pero se llamaba Paul. Finalmente usó otro Dios para el corto que estaba filmando, pero se hizo amigo de este viejo que era una leyenda del cine de clase B. Sin saberlo, había conocido al actor fetiche de Ed Wood, Paul Marco, a quien había hallado abandonado y solo. Alfredo Srur camina por el territorio de lo olvidado, transita el campo del límite, el borde es su hábitat.

 

Vive en lo que era un antiguo almacén de ramos generales, es una zona periférica del Barrio Chino llamada La Rinconada, el Finisterre boquense, cuando todo estaba por hacerse y esa esquina era la última posta antes de ingresar a los suburbios del Riachuelo, esa tierra incógnita urbana. Esta casa, donde se respira arte y cultura está al borde del mapa barrial, es el centro de operaciones de Alfredo, quien la está reciclando para crear allí su estudio y un centro de investigación fotográfico. Cuanta con una cámara refrigerada donde preserva miles de placas de vidrio y material visual. “No hay conciencia del patrimonio fotográfico nacional. Yo pude salvar lo máximo. Todo lo invertí en esto que estoy haciendo”. Con una atmósfera controlada, el tesoro de los viejos fotógrafos argentinos descansan seguros.
 
La Boca entró a la vida de Srur por su abuelo, quien vivía en el barrio. Venía desde Belgrano en el 64 y caminaba por el arrabal. “Siempre me atrajo caminar por estas calles solitarias y relegadas”. A los 18 años se fue a Los Angeles para probar suerte como jugador de futbol para poder acceder a una beca para estudiar cine, una lesión en un ligamento le hizo abandonar el sueño. Se quedó más tiempo de lo permitido y en el aeropuerto lo detuvieron. “Conocí el Sistema en su máxima expresión, estuve dos días con narcos, ladrones de bancos y asesinos”. De regreso a nuestro país halló en la fotografía un sentido para su vida. Recorrió los suburbios de la ciudad y el conurbano documentando los lúmpenes que intentaban sobrevivir a un sistema que entraba en colapso. Realizó un portfolio que presentó en todos los medios. Rafael Calviño vio en Srur talento y le abrió las primeras puertas. Alfredo comenzó a trabajar. Armaba notas con personajes borders, con linyeras, prostitutas, travestis y aquella embrionaria y latente población de desocupados y desalmados que comenzó a crecer antes de la explosión del 2001. Todo aquello lo documentó Srur. Cuando llegaba a la redacción Ernesto Tenenbaum, editor de la Revista 23 le decía que no podía publicar esas fotos porque “eran un bajón y la revista necesita cosas más alegres”. Allí tuvo su primera aproximación a la realidad de los grandes medios. “El periodismo es un servicio social, pero cundo las empresas contaminan los medios, deja de serlo”.
 
Cansado de la banalidad, se fue al Impenetrable chaqueño. “Quería ir al lugar más complicado del país”, y allí pasó una temporada con los tobas y los wichis; halló la miseria pero también el horror. “No hay nada más violento que una madre que no puede dar de comer a su hijo”. De regreso a Buenos Aires, sus giras lo llevaban a las villas, a La Matanza, a Constitución y las calles oscuras e inhumanas de la cancha de Huracán, donde sombras de hombres y mujeres se pasean entre la cerrazón marginal, Srur disparaba su cámara mientras tanto. Siempre en el margen, fue fotógrafo personal de la Hiena Barrios, Karateka Medina y Locomotora Castro, el mundo del box en donde las peleas se arreglan antes de comenzar por personajes dolosos e inescrupulosos lo tuvo a Srur como testigo incómodo de situaciones cercanas al mundo de la mafia. “Llevaba una vida gitana, pero siempre me interesaron los olvidados, las personas que nadie ve, aquellos que nadie fotografía”.
 
“La Boca tiene mucho que ver lo olvidado. Este barrio es terreno de la especulación inmobiliaria de los poderosos, las casas de pinotea y chapa, los conventillos que se incendian deberían ser declarados tesoros nacionales, fueron hechos hace más de un siglo y todavía perduran. La Boca es quizás el barrio más conocido de América Latina y se limita a las tres cuadras de Caminito valladas por la policía. Eso genera violencia y es lógico que el turista que traspasa ese vallado sea robado”, reflexiona Alfredo. “El circuito comercial del barrio está manejado por gente que no es del barrio. Para el poder, el boquense es un ciudadano de cuarta, ese maltrato, esa injusticia, genera violencia. Hay un gran sin sentido, nada vale lo que debería valer. Hay tensión entre los vecinos y el boquense se acostumbró a ver sus derechos vulnerados”. Srur tiene en mente hacer un bloque vecinal con vecinos de la Rinconada para poder hacer reclamos en conjunto pero hay muchos problemas. “Los vecinos no nos comunicamos, estamos dispersos”.
 
Su idea es hacer un espacio cultural dedicado a la fotografía donde convivan lo antiguo y lo moderno. Su espacio será el último bastión de cultura del plus ultra boquense. “Para hacer algo más justo, donaré una parte de lo que me entre y lo devolveré al barrio”. La ideología de Quinquela tiene un heredero. Como si fuera una isla, su esquina brilla con luz propia y anida allí un sueño que acaso convierta lo que hoy es maltrato e injusticia en bohemia y arte. Alfredo Srur está dispuesto a dejar todo lo que tiene para cumplir su sueño. El barrio lo necesita.

 

 

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