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lunes 14, mayo de 2018

Agua que no has de beber

En la villa 21-24 el agua es poca. Los vecinos la juntan por la noche en tachos, potenciales criaderos de dengue. Además deben comprar bidones porque si la toman, se enferman. Cuando hay un incendio, se complica apagarlo. La informalidad de las conexiones y las malas obras aumentan el riesgo eléctrico. Ese coctail mató a Gilda, el 6 de abril. Por Martina Noailles

Agua que no has de beber

“Yo quiero vivir como viven en el centro, que abrís la canilla y sale agua… y que esa agua pueda ser para tomar y para bañarse”. Marta vive en la villa 21-24 y su deseo es tan básico como el derecho vulnerado. En su barrio el agua no fluye. No quedan sectores donde haya agua durante todo el día. Mucho menos quedan canillas donde salga agua con los requisitos para llamarse agua: sin olor, sin color ni sabor. Y si el problema de la falta de agua es terrible para cualquier ser humano, la situación empeora para quien vive en la villa. Allí, a sólo 15 minutos del centro, no tener agua implica no poder apagar un incendio y que la precariedad sople el fuego y convierta en cenizas varias casas. No tener agua implica tener que dejar la canilla abierta por la noche para cargar gotas en un tacho y que el recipiente se transforme en criadero de larvas de dengue. No tener agua, también implica que se haga cuesta arriba bañar a tus hijos con plomo en sangre y así mitigar la enfermedad. Y no tener agua puede matarte. Como le pasó a Gilda Olmedo Cañetes, quien el 6 de abril murió electrocutada cuando intentaba que no se inundara su casa, algo que le sucedía cada vez que caía mucha lluvia sobre las obras inconclusas de su pasillo. Obras de caños de agua.

 
Hablar de agua en la villa 21-24 implica entonces, antes que nada, entender la problemática como directamente asociada a las condiciones de vida de sus 60 mil habitantes. Y, claro, también obliga a que esa problemática sea abordada de manera integral por quienes deben dar una solución a tantos derechos vapuleados. Si no, pasa lo que cuenta Marta, enfermera de una de las ambulancias que la Corriente Villera decidió estacionar en postas para que quien sufra una urgencia no deba esperar horas hasta que llegue la del SAME. Marta también es parte de la Mesa por el Derecho a la Salud y el Hábitat de villa 21-24 y Zavaleta. Y cuenta: “Como parte de las acciones por el dengue salimos a descacharrear y enseñarles a nuestros vecinos cómo tener agua segura. El otro día en la manzana 4 una señora casi me pega cuando estaba por vaciarle un tacho. Me dijo: ‘no toques esa agua que la estuve juntando toda la noche para bañarme’… Y tenía razón”. La falta de agua hizo que la señora de la manzana 4 tuviera que elegir entre bañarse o exponerse al dengue.
 
La Mesa es un espacio de articulación entre organismos públicos, efectores de salud y organizaciones comunitarias que se creó hace exactamente dos años en el marco de la epidemia del dengue de 2015-2016 cuando, al igual que ahora, la mayoría de los casos porteños se concentraron en el sur de la ciudad y dentro del sur, en la 21-24. Los datos del último informe del Ministerio de Salud, de fecha 27 de abril, así lo demuestran. El área que abarca el Hospital Penna -Barracas, Pompeya, Parque Patricios, Constitución, Soldati- confirmó 49 casos positivos, 38 de ellos en la villa 21-24 y Zavaleta (ver mapa). 
 
“No es que se nos pega el mosquito más que a otras personas de la ciudad. Son las condiciones en las que vivimos”, aclara Marta, como si hiciera falta.
 
El problema del agua no es nuevo en la 21-24. Desde su conformación en la década del 40 fueron los propios vecinos quienes, de manera autogestiva, proveyeron de servicios básicos al barrio. Obviamente esto incluyó instalaciones y materiales inseguros y precarios. Nada de esto fue modificado sustancialmente por el Estado ni las empresas prestadoras lo que sumado al crecimiento de la población agravó la situación. Una casa engancha su caño al de otra, lo que afecta al caudal, la presión y la calidad de agua.
 
Además de juntar en tachos por la noche, los vecinos se organizan para acarrear agua de las viviendas que tienen tanque, que son una minoría y que sin presión tampoco logran cargarse. En Tres Rosas, al igual que en otras zonas de la villa, UGIS reparte sachets de AySA y con camiones cisterna llena los tanques de frentistas o segundas líneas de calles anchas porque por los pasillos no entran. Otro paliativo.
 
Las obras
Actualmente hay en ejecución dos obras. Una desde Osvaldo Cruz hacia el río que incluye un tendido de macizo interno con conexión a las casas y es parte de la Causa Mendoza. La otra obra es un anillado de Iriarte hacia Iguazú y hasta Cruz que aporta entrada de agua a la infraestructura que los vecinos construyeron. Pero esa informalidad es la que pone en riesgo la calidad del agua ya que muchas veces el fluvial se mezcla con el cloacal y sale contaminada. La mayoría de las familias de la villa compra bidones para poder tomar agua y no terminar con gastroenteritis.
 
“Los vecinos hacen lo que pueden con lo poco que hay. Las notas a los organismos ya no son reclamos sino propuestas y planes de contingencia. El problema del agua siempre existió pero se agrava con el crecimiento, con las epidemias, con los calores y ahora con las obras. No hay planes que obliguen a las empresas a proveer de agua en caso de cortes de suministro”, explica Paz Ochoteco, de la Fundación Temas. Y agrega un dato preocupante: hace algunos meses los vecinos descubrieron que la obra que construye el complejo de viviendas conocido como Mundo Grúa, a donde serán relocalizadas algunas familias que actualmente viven en el camino de sirga, estaba tomando agua del barrio. “¡Se afanaban agua con 5 chicotes! ¡Agua de un barrio que no tiene agua suficiente para cubrir sus necesidades! La vulneración es deliberada y sostenida. Y nada es suficiente. Como la muerte de Gilda”.
 
La combinación fatal
La combinación del agua con el riesgo eléctrico suma una arista más a la desesperante realidad. Y el 6 de abril pasado se llevó otra vida. Gilda tenía 45 años y 7 hijos. Vivía en la manzana 6 de Tierra Amarilla, trabajaba en la cuadrilla de barrido de su barrio y militaba en la Corriente Villera Independiente. El viernes 6 de abril luego de la jornada de lucha por paritarias organizada por los sindicatos de la ciudad, Gilda regresó a su casa y al encontrarla inundada, se puso a sacar el agua y murió electrocutada. “Los trabajos para meter los caños de agua y cloaca están mal hechos. No cavaron como corresponde, pusieron los caños, arriba cemento y la casa quedó más abajo que el pasillo, por eso se le inundaba”, relata Marta con bronca. La misma bronca que llevaron sus compañeros de la Corriente y del Movimiento Popular La Dignidad a la puerta del IVC (Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires), donde acamparon durante varias semanas para exigir justicia por lo que consideran un asesinato.
 
El reclamo sostenido logró la promesa de los funcionarios de reactivar una medida cautelar de 2012 y un fallo de Cámara de 2016 que condenaba al Gobierno porteño a “elaborar e implementar un plan integral de prestación y de mantenimiento del servicio de energía eléctrica que provee en la villa 21-24, en forma regular, técnicamente idónea, segura y suficiente, hasta la eliminación del inaceptable estado de riesgo eléctrico existente”.
 
Aquel fallo nunca se cumplió. Y Gilda ya no está. Natalia Molina, referente de la Corriente en el barrio, mastica impotencia: “La jueza ordenó que las entidades del Gobierno de la Ciudad relevaran las instalaciones externas de las manzanas 1 a 7 del sector de Tierra Amarilla, para garantizar q no haya fuga de electricidad como pasó en el caso de Gilda. Y que se haga una política de implementación de obras para mejoramiento del lugar, pero una mejora que no traiga consecuencias… porque las mejoras que hicieron trajo la muerte evitable de nuestra compañera. Desde que hicieron esa obra se le empezó a inundar su casa”.
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