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jueves 13, febrero de 2020

La carnicería de Chito

Barrios como Barracas no necesitan que les inventen una historia: la historia les brota por doquier. A simple vista, del Mercado San Patricio hoy solo queda la fachada. Sin embargo, María Belén Gonzalo tiró del hilo de una foto de su abuelo y la memoria de su familia se abrió paso entre calles y vecinos. De allí brotó este relato.

Por María Belén Gonzalo 

La carnicera de Chito

Doña Manuela Varela debe haber tenido un gran carácter. La imagino como una mujer fuerte y de bordes ásperos. La gallega no sonríe en casi ninguna de foto. Se la ve austera y elegante. Sobria. Lleva un vestido largo que la cubre hasta los tobillos. Unos sencillos aros, un rodete y el dije de una cruz es toda la ornamentación que necesita para la ocasión. Todavía lleva puesto el anillo de casada, aunque hace tiempo que fletó de su casa a Manuel Gonzalo, el padre de sus cinco hijos. Parece que Don Manuel era bastante mujeriego, y que no supo honrar debidamente la alianza que todavía porta su esposa.

 
Debe haber sido difícil criar cinco hijos sola. Todavía lo es para miles de mujeres. Pero imaginate en la década del veinte, imaginate en la Década Infame. Será por eso que todavía Doña Manuela usa el anillo, aunque al momento que fueron tomadas las fotos que hoy reviso, hace años que Manuel dejó la casa.
 
Doña Manuela dejó su España natal y encontró en las orillas del Riachuelo un nuevo hogar, como tantos otros inmigrantes. En Irala 1555 cuidaría de sus cinco hijos. Y en esa misma dirección, Ángela Millani conoció a Juan José Gonzalo, “Chito”, el menor de los cinco.
 
La fecha del casamiento estaba prevista para el 16 de septiembre de 1955. Pero un célebre y triste evento suspendería toda actividad social. “La Revolución Libertadora”, se autoproclamaba. “La Revolución Fusiladora”, corregiría Rodolfo Walsh años más tarde.
 
La unión tuvo que posponerse algunas semanas. Finalmente se llevaría a cabo el 1 de octubre en la Parroquia San Pedro, ubicada en Australia entre Irala y Hernandarias, antes de que Australia se llamara Quinquela Martín.
 
Parece ser que mi abuelo solía hacer chistes con la fallida boda: “¡Qué infeliz que fui! ¡Me hicieron una Revolución para que no me case y yo me casé igual!”. Pero Chito solo bromeaba. De Manuel Gonzalo solo heredó el apellido. A diferencia de su progenitor, él fue un padre presente y un marido devoto. Compartimos solo algunos pocos años, antes que se lo llevara la mala salud. Pero puedo dar fe porque mi abuela todavía lo extraña, mi papá lagrimea cuando se acuerda de él, y porque toda persona que lo recuerda lo describe como un tipo macanudo y una buena persona. También remarcan que “vendía buena carne”.
Es que a los veinti-cortos años, mi abuelo se hizo cargo de la chanchería que Doña Manuela tenía en el Mercado San Patricio. Y es por la foto que ilustra esta nota, que empezó toda esta historia que relato.
Al dorso de la foto dice “46”, y mi abuela dice que la carnicería ya existía cuando se conoció con su futuro marido. Así que es probable que la foto sea, efectivamente, de 1946, y en ese caso mi abuelo tendría 22 años.
 
A medida que Doña Manuela envejecía, Chito se fue haciendo cargo de la chanchería. Así que al poco tiempo tomó la decisión de empezar a vender carne vacuna, porque creía que “ya había enfermado con chancho a todos los gallegos”.
 
Doña María, vecina del barrio, tenía un hijo de la edad de mí abuelo. Eran amigos. A ella no le gustaba que él le fiara la carne, así que lo amenazaba con no volver cada vez que mi abuelo pretendía que se fuera sin pagar. Pero él solía retrucar: “si no volvés, te la llevo a tu casa”. Así que Doña María no tenía más remedio que aceptar: “lo único que falta es que me la fíes y me la traigas a domicilio”.
 
Eventualmente mí abuelo enfermería y vendería la carnicería. Del Mercado San Patricio solo queda la fachada y el cartel que lo inmortaliza. También persiste en la memoria de los vecinos y vecinas del barrio.
Hugo recuerda que los días jueves su mamá lo llevaba junto a su hermana a comer unas empanadas que hacía un japonés y que eran riquísimas. Mientras devoramos una pizza en Los Campeones me cuenta que en esa época salir a comer y tomar una Coca-Cola era todo un acontecimiento. Que esperaban esos jueves con ansias. Que la noche anterior no comían para no llenarse.
 
Hoy en su lugar hay una distribuidora de neumáticos. No pude relevar hasta el momento la fecha exacta en la que el Mercado San Patricio cerró sus puertas. El registro más reciente lo encontré en el Boletín Oficial del jueves 11 de diciembre de 1975. Bajo la sección “Transferencias”, dice: “Susana Yermaquian de Nerguizian avisa que vende su fondo de comercio de carnicería al por menor (Mercado San Patricio), sito en la calle Hernandarias 1526|94, Australia 1142|86 y Alvarado 1143|99, puestos Nos. 13 y 14, Capital, a María Carmen Nerguizian”. Posiblemente, el mercado haya cerrado sus puertas poco tiempo después.
 
Frente al ex Mercado todavía se mantiene la Parroquia San Pedro, la misma donde el 1ro de octubre contrajeron matrimonio mis abuelos Ángela y Chito. La misma donde bautizarían a su único hijo Daniel, y donde él contraería matrimonio con Gabriela. También es donde Daniel y Gabriela me bautizarían al nacer.
 
Antes de ser el “Distrito del Diseño”, antes de las fábricas reconvertidas en lofts y oficinas, antes de las banquetas de las cervecerías artesanales que proliferan por todos lados, existió el barrio de mis abuelos. El del Mercado San Patricio, que los jueves se llenaba de vecinos y un japonés hacía unas empanadas que no se podían creer. Barrios como Barracas y La Boca no necesitan que les inventen una historia: la historia les brota por doquier. Y aunque por momentos podamos sentir que queda poco de ese barrio que nos relatan nuestros padres y abuelos, está escrito en nuestra biografía. Y por más nómade que pueda ser nuestra vida, algunas pocas cuadras o manzanas siempre serán nuestro hogar, y van con nosotros donde quiera que vayamos. Nos esperan para cuando, al volver, nos sintamos como en casa.
 
Dedico esta nota a la memoria de un carnicero de La Boca llamado Chito, mi abuelo, y al Mercado San Patricio y todos los vecinos que alguna vez le dieron vida.
 
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