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miércoles 25, febrero de 2015

Proyecto “Realismo, literatura y memoria barrial”

Un barrio de puño y letra. La iniciativa nació en el marco de la materia Lengua y Literatura de 2°B del CENS N°32, de Av. Pedro de Mendoza 1835. La idea de su profesor, Luis Blasco, fue articular la lectura y producción de textos literarios, con la realidad social y política de La Boca. La temática de este año fue el déficit habitacional que azota a La Boca junto con los incendios y desalojos. Sur Capitalino publica en esta edición el segundo relato escrito por los alumnos y vecinos del barrio.

 Proyecto Realismo, literatura y memoria barrial

Sucedió en Suárez 52
 
Por María Chiquita
 
En memoria y honor a todos los afectados por incendios en el barrio de la Boca
 
El barrio de La Boca se caracteriza por sus viviendas de chapa y madera. Acá vivo yo, en Suárez 52, a media cuadra de Plaza Solís. Es el año 2004, plena siesta del sábado 17 de febrero, las tres de la tarde, mucho calor, y los chicos en el patio juegan en la pileta de lona de una vecina. Los baños largan su típico olor a pis, son tres para ocho familias. Los perros y gatos saltan y corren cuando los nenes les tiran agua. El conventillo tiene un patio bastante amplio. En el segundo piso viven los García. Son de Santiago del Estero. En el primer piso, los correntinos. Y en planta baja vive doña Juana (ella es de Tucumán). También viven otras familias, pero no voy a nombrarlas, por el hecho de que estas son las protagonistas activas en esta historia.
 
Alrededor de las 15:20 hs se escucha una explosión que no supimos de dónde venía. De repente, todo se transforma en un caos total. Los chicos lloran y corren, mientras sus madres desesperadas los alzan en brazos. En ese momento, de la pieza del fondo empieza a salir humo y unas lenguas color rojizo. El fuego avanza como queriendo tragarse todo. Explotó una garrafa.
 
Los García quieren bajar pero la escalera ya había sido arrollada por las llamas. Los correntinos porá tiran agua con los tachos, cacerolas y todo lo que encuentran a mano. Doña Juana y sus hijos sacan lo que pueden de su vivienda: ropa, tele, plata y documentos. Entran y salen varias veces.
 
En ese momento, se escucha un grito de rabia:
 
-Chango, ¡dejá eso y ayudá a bajar a la gente! ¡Hay tres chicos ahí!
 
Es Pedro, el marido de Juana, quien saca agua de la pileta y la tira hacia la escalera para que puedan bajar los García. Es imposible respirar del humo, entre el calor que azota la tarde y el fuego, es como estar en un horno. Todos corren para ayudar. Vienen vecinos de los otros conventillos y se llevan a los chicos. Otros salen sin saber dónde ir.
 
Los bomberos llegan con sus sirenas estridentes, ensordecedoras, sus trajes amarillos gastados, sus cascos rojos que dicen cuántas batallas como ésta enfrentaron. El problema es, como siempre, encontrar las bocas de agua (nunca saben dónde están). Después de sortear algunos problemas, bajan a las familias con los chicos, el perro, y algunas pertenencias pequeñas.
 
También se presenta la policía, como siempre, haciendo preguntas inútiles:
¿Qué pasó?, ¿Cómo fue? ¿Cuántos son?”.
 
El hecho es que el fuego dejó a varias familias sin techo. Lo que no se quemó, el agua lo arruinó. Cuando se acerca la noche no tenemos dónde ir.
Yo vivía en planta baja, en la parte del frente de la misma casa. Sin tener dónde ir, nos tuvimos que arreglar con vecinos y conocidos. Los hombres se quedaron en la calle cuidando lo poco que pudieron salvar, porque siempre andan los amigos de lo ajeno…
 
Al otro día vinieron los representantes del Gobierno a darnos un subsidio que sólamente nos garantizaba unos días de hotel. El dueño del inquilinato -que todos los meses pasaba a cobrar- se lavó las manos. Sólo dijo:
 
-No queda otra cosa que tirar todo abajo.
 
Fue una lucha para conseguir alquiler. En todos lados piden garantía propietaria, tres meses de comisión, un mes de depósito. Y si es posible, sin chicos. Como yo vivía sola, me fui a la casa de una hermana (que es viuda) en Pablo Nogués, provincia de Buenos Aires. Cuando puedo voy al barrio y me entero de lo que hicieron los vecinos: algunos volvieron a su provincia, otros (los menos) pudieron alquilar.
 
De lo que me dí cuenta es que en un momento, y sin saber por qué, se puede perder todo: la vida, los recuerdos, y sentirse a la deriva, solo en manos de Dios. Lo que sí, tengo que reconocer y agradecer, es la solidaridad de todas las personas que nos brindaron su apoyo en esos momentos tan trágicos.