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viernes 12, febrero de 2016

El conventillo del ave Fénix

Las familias de Ministro Brin 1253 son protagonistas de un momento histórico: la refacción del conventillo del que estuvieron a punto de ser desalojados llega a su fin. Con baños propios, escaleras firmes y techos que no se llueven, el proceso fue posible por la confluencia de actores judiciales, estatales, universitarios y de organizaciones sociales al servicio de esta iniciativa. La unión de los vecinos, ahora propietarios, fue el principal apuntalamiento de la obra. Por Luciana Rosende

 

El conventillo del ave Fnix

El Rengo prepara fideos con estofado de alitas de pollo. Pone siete platos en su mesa y grita que faltan diez minutos para comer. Afuera, albañiles y arquitectos se ocupan de las terminaciones del baño de uso común. El Rengo les cocina todos los mediodías. Es su forma de agradecerles, dice. Por la escalera, los techos, las ventanas. Por haber hecho realidad lo que hasta entonces era un logro en los papeles y una postal imaginada: el conventillo de Ministro Brin 1257, comprado por sus habitantes organizados en cooperativa, refaccionado y rescatado de la sentencia de “inhabitable” que había dado el Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC). 

El Rengo es Rubén Sal y vive en el conventillo hace más de 35 años. Forma parte de una de las 14 familias que integran la cooperativa de vivienda “Crecer en Ministro Brin”, que tras una lucha de años y con un fallo histórico del juez Gustavo Caramelo, del juzgado Civil 1, logró comprar la propiedad y quedar a salvo del fantasma del desalojo. Pero después de la firma de la escritura comenzó un nuevo capítulo. El de poner en marcha el proyecto de refacción elaborado por el equipo de Voluntariado Universitario “Construir desde aquí”, de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UBA (FADU), para mejorar las condiciones del conventillo.
 
En marzo, estiman, la obra estará terminada. No fue fácil. Había tanto para arreglar, que hasta fue necesario levantar el cuerpo delantero del conventillo con criquets hidráulicos porque la estructura estaba colapsada, con un desnivel de 60 centímetros. “Cómo no les voy a agradecer todo esto –dice El Rengo señalando a su alrededor- si antes no se podía ni subir la escalera y se llovía todo adentro de mi casa. Tenía que dormir abrazado a una palangana”. El Rengo les agradece, además, porque le dieron trabajo como albañil en la obra de su propia casa y como parrillero en Ciudad Universitaria.
 
Emilia López, madre de cinco hijos propios y tres de crianza, es la presidenta de la cooperativa vecinal. Vive en el conventillo hace más de 30 años y fue quien encabezó el periplo que arrancó en 2009 y se convirtió en hito en 2014, con la firma de la escritura. “No es justo que vengan a patear la puerta para sacarte, cuando ellos nunca te dieron la oportunidad para que tengas una vivienda. Es horrible vivir eso. Y eso es lo que me llevó a pelearla”, cuenta. “Ojalá se dé esto también en otros casos. Hay muchos conventillos como este, son muchas familias”, dice desde el patio de Brin. Detrás suyo, al otro lado del muro, se ve la estructura chamuscada de uno de los tres conventillos que se incendiaron en el barrio en tan sólo un mes.
 
“Yo tenía fe en que esto se iba a lograr. Todos decían que nos iban a echar, pero yo tenía esperanza”, sonríe Claudia Yunovich. Llegó hace 17 años y hoy comparte el espacio con dos hijas, dos nietos y uno en camino. “Antes llovía adentro, ahora cambió todo”, compara. Trabaja limpiando casas y tiene planes para la suya, ahora que es propia y está refaccionada: pintar e instalar una mesada. Mientras ella mira la tele en el comedor, uno de sus nietos juega con los perros en el descanso de la escalera. Ese espacio, que ahora es territorio de juego, hasta hace un tiempo casi no se podía pisar por el peligro de derrumbe.
 
Camilo Linares Torga es uno de los arquitectos de “Construir desde aquí”, el colectivo universitario que refutó con su proyecto y su obra el veredicto del IVC, que consideraba que el conventillo no era habitable. “Estudiamos la lógica constructiva que tuvo esto y lo reprodujimos con materiales actuales. Usamos la forma tradicional de construir conventillos”, explica y muestra el cerramiento exterior, las vigas antiguas y el machimbrado nuevo, las puertas fabricadas con fragmentos de viejas paredes, la instalación eléctrica y los tableros con disyuntor en cada unidad.
 
Por estos días, sólo resta completar la fachada y ocuparse de las terminaciones finas. Para llegar hasta acá fueron necesarios los créditos que el IVC le dio a dos de las familias tras una larga batalla y los subsidios que recibía el resto como parte del Programa Atención para Familias en Situación de Calle, para pagarle al dueño la propiedad que había comprado en un remate judicial, además de los fondos aportados desde la Secretaría Nacional de Acceso al Hábitat para las mejoras del edificio. “Con estos recursos fuimos más allá del proyecto original y sumamos un baño a cada vivienda”, agrega Camilo. Y recuerda que los primeros días, para entrar al conventillo, había que atravesar un “bosque de puntales” y que la cloaca tapada que pasaba por abajo había formado “un pantano de mierda que pudría los apoyos”.
 
“Por los costos, por los tiempos, por trabajar con la gente adentro, no se daban las condiciones para que esto lo hiciera una empresa privada”, piensa Camilo, destacando que fue necesaria la confluencia de recursos profesionales, técnicos y sociales, de actores estatales, judiciales, universitarios y de organizaciones sociales al servicio de esta iniciativa. Y que la organización vecinal, claro, fue el apuntalamiento principal de la obra.