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sábado 17, junio de 2017

El maestro escultor

Humilde, sensible, humanista. Desde su taller de Barracas, Leo Vinci transmite a los más jóvenes, enseñanzas para encarar un camino propio, donde lo social y el entorno, lo ético sobre lo estético, se vuelvan constitutivos del artista y de su obra. Por Leandro Vesco

El maestro escultor

Leo Vinci es la voz de la resistencia. Humanista por sobre todas las cosas, es uno de los escultores más importantes de nuestra América y vive en Barracas. Sus obras se han expuesto por el mundo y su pensamiento es fundamental para comprender el arte argentino contemporáneo. “Hay que mostrarle a los jóvenes que hay un camino propio, no podemos negar lo que han hecho otros creadores en el mundo, pero tenemos que generar imágenes propias”, afirma. Su voz y su postura son humildes, un rasgo que engrandecen sus palabras y su mirada hacia nuestra realidad.

 
La preocupación de Vinci se enfoca en reafirmar nuestro propio lugar en el mundo, su obra fundamenta su teoría crítica. “Hay que rescatar nuestro pasado, el de antes de las invasiones europeas. América ha dado mucho antes de Cristo, productos y creaciones impresionantes, que dan cuenta de un hombre que vivía dentro de un paisaje y que tenía la problemática propia de un ser que estaba conviviendo con la naturaleza, y generaba cosas maravillosas. Basta de esperar que nos digan cómo tenemos que actuar, qué tenemos que hacer. Esta mezcolanza extraña que se produjo acá tiene que dar un producto propio, ni mejor ni peor que otro, propio. Esto lo tiene que sentir la juventud, pero los medios de comunicación trabajan para que esto no suceda, llegan a la gente y se disfrazan, para que la gente los acepte naturalmente”.
 
La obra de arte, y el arte deben ayudar a entender y regenerar la relación del hombre con su medio. Pero ese arte, necesariamente debe estar construido sobre bases sólidas: ser verdadero. “La verdad se impone, lo verdadero en materia de creación termina siendo lo que se sostiene en el tiempo. Yo tengo mucha esperanza, a pesar de que vivamos tiempos jodidos, así se hace la historia. Lo que uno hace debe trascender a sí mismo. Cada uno lo recibe como puede, el artista pretende decir lo que está pensando, creyendo o intuyendo. Para mí la escultura, la poesía o la pintura es ética, detrás de una forma o expresión hay siempre un ser humano que se plantea cosas, cosas existenciales. No creo en el hecho estético, no me sale nada lindo. Todo lo que hago tiene que ver con mi relación conmigo, conmigo frente al mundo, frente a mi realidad. Yo me baso en la naturaleza”
 
Nacido en 1931, Leo Vinci desde muy pequeño supo lo que quería hacer, y lo recuerda muy bien: “Yo no podía entender a mis amigos cuando dudaban sobre lo que iban a hacer cuando fueran grandes, siempre supe lo que quería”. A los ocho años un maestro de la escuela les pidió en clase que hicieran un dibujo pero sin calcar. Leo lo hizo, y llamó la atención del docente quien pidió que al día siguiente fuera su padre. “Yo tenía tanto miedo, pensé que había hecho alguna macana. Era muy tímido”, pero era tal la perfección con la que había dibujado, que aquel maestro, acaso el primero que vio el resplandor del genio, le dijo al padre que llevara a Leo a una escuela de dibujo. José, su padre, fue una figura determinante: a partir de allí comenzó a comprarle lápices y mejores hojas, incluso le organizaba tareas y fue el primero en darle y en mostrarle un camino.
 
Siempre buscando una imagen propia, en la década del 50 formó parte del Grupo Sur junto a Aníbal Carreño, Carlos Cañás, Ezequiel Linares, Reneé Morón y Mario Loza.
 
Su obra tiene un denominador común: sus esculturas de gran tamaño que siempre indagan al ser humano. “Yo me identifico con aquellos artistas que han impregnado su obra con su sentimiento. En términos de identidad, es mucho más genuino Lacámera que Pettoruti, que fue un gran pintor cubista, pero que repitió los esquemas que venían de Europa, en cambio Lacámera se sentaba en su habitación, miraba el Riachuelo con un espíritu propio y pintaba. Quinquela es otro ejemplo, se fue de los esquemas clásicos de la pintura, no necesitó recurrir más que lo que tenía cerca, si uno sabe mirar sus cuadros, descubre que con los barcos, el río y los trabajadores él estaba diciendo algo. Hay barcos en sus cuadros que hablan, pero lo que pasa es que Buenos Aires tiene una burguesía mediocre, hay clase media y media clase. ArteBA es una demostración de esto, es un lugar en donde lo más importante es el glamour y el cholulismo, ahí falta ingenio, profundidad y pensamiento. Frente a esto, uno tiene que convivir sin participar”.
 
El inmenso taller de Leo es un mascarón que sobresale y brilla en un barrio al que pretenden “descubrir” como territorio artístico. “El Distrito de las Artes es un desembarco especulativo, es más un planteo inmobiliario con la apariencia de defender a los artistas, nos ignoran, nos usan, no se percibe un interés real. Usan la cultura con otros fines”, dice y mientras tanto, sigue creando y formando alumnos en la Universidad de San Martín. Su obra marca una huella propia. “Vamos a tener que seguir siendo verdaderos en la medida en que creamos que ese es el alimento que corresponde, y sino no haremos arte, sino reproducción”.