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lunes 20, noviembre de 2017

El peluquero de la democracia

Hijo y nieto de cantineros de La Boca, Daniel Bertolucci rompió con el legado y abrió su peluquería en 1983. Lejos de lo tradicional, el local donde Daniel corta el pelo y presta orejas para escuchar a sus clientes, se convierte a diario en punto de encuentro y expresión. Por Leandro Vesco

El peluquero de la democracia

 Daniel Bertolucci es el prototipo del libre pensador, es peluquero, pero pudo haber sido sociólogo. Lo que seguro es, lo define de cuerpo entero: “Puse mi peluquería en marzo de 1983 con la vuelta de la democracia, hasta entonces estaba la peluquería clásica, de los tanos. Yo rompí con eso, mis amigos venían a tocar la guitarra, tenía todas las paredes con frases que los clientes escribían. Yo abrí un espacio para que la gente se exprese”.

 
“Soy un referente”, anticipa Daniel, nacido en La Boca, hijo de cantineros. Cuarta generación de una familia que le dio al barrio emprendimientos comerciales donde el vecino pudo tener un espacio de libertad y alegría, pilares de la personalidad boquense. Su peluquería está en Salvadores entre Jovellanos e Isabel La Católica, y desde hace una vida, abuelos, padres e hijos van a cortarse el pelo ahí. “Las maneras de pensar van cambiando, pero yo sigo siendo el peluquero, mi función además de cortar el pelo es ayudar en lo que más puedo, en poner el oído”.
 
La génesis de su peluquería acuna el gen del barrio. “Tenía 26 años y decidí tener un espacio propio, abrí en Lamadrid y Melo, con mis amigos fuimos trayendo muebles y cuando no había laburo, ellos venían y hacía como si les cortaba el pelo, hasta que la gente entraba”. En los ochenta, La Boca ya no es lo que era, pero la gente volvía a la vereda, los niños a jugar a la pelota. “Veníamos de una época dura, nuestra generación tuvo en mi peluquería un lugar de encuentro”.
 
Su padre tuvo “El Corno de Oro”, emblemática cantina, punto cardinal de la alta bohemia. Desde que era un pibe Daniel se hizo entre los mostradores del boliche. “Entonces las cantinas que podían contrataban a camelos, que eran hombres y mujeres que se sentaban a comer y a bailar. Su función era fácil: si la gente veía que había gente en la cantina, entraba. Sabían ubicarse, cuando venían los clientes, se iban” El barrio llegó a tener diez mil personas por las noches, 16 cantinas en cuatro cuadras. “Mi papá llegaba a las cinco de la mañana, y la buscaba a mi vieja para llevarla a comer a los carritos de la costanera, nosotros con mi hermana seguíamos durmiendo en el auto”. Su abuelo, un siciliano anarquista que había vivido en el Bronx escapando de la primera guerra, trazó su mundo en Quinquela y Pedro de Mendoza, allí puso la fonda “Capitán Tito”, la esquina era el punto de fuga del puerto. “Era una cantina under, iban los pintores de La Boca, ahí se hacían los Martes Bohemios, era común verlo a Quinquela y a Victorica, que además estaba de novio con el mozo. Ellos iban y exponían sus cuadros. Mi abuelo les daba un plato de pasta con vino”.
 
Los Bertolucci se hicieron la América en La Boca. “Papá tenía socios italianos, y una vez al año se iban a Napoles, se llevaban el auto en el barco y lo mostraban allá, en diez años volvían a Italia manejando un Torino”. Sentado en su peluquería, Daniel ordena los capítulos de su vida. “Mis primeros cortes fueron a domicilio, a veces negociaba y le cortaba a toda una familia y me pagaban invitándome a almorzar. Siempre vivimos en crisis. Pero La Boca en los 90 fue cambiando. Comenzó a venir otra gente al barrio, y yo necesitaba seguir avanzando, entonces me animé a cruzar Patricios”. Con la misma seguridad y trascendencia que un buque cruza el Cabo de Hornos, Daniel fue con su legendario oficio hasta Salvadores. “Me cambia la vida. Patricios para acá es un barrio y del otro lado, otro, son fronteras. No es mejor ni peor, son diferentes. Hace 25 años que estoy en este local. Trato de ser cordial, la peluquería no es solo cortar el pelo, yo lo que busco es tener amigos. Dejar un sello, más allá de ser el peluquero para vos, me gustaría que fuéramos amigos. Me gusta estar en contacto con la gente. Ese fue siempre un bien común de mi familia”
 
“Acá pones el oído. He tenido muchas confesiones de vidas privadas. A mí me da un orgullo que los clientes se confiesen conmigo. Cada persona tiene una historia. Trato de respetar a la persona que me cuenta su historia, que sigue en el próximo corte de pelo, y trato de ayudar en lo que más puedo, que es poner el oído: esa es mi función”. Como si fuera un centro de orientación vecinal, a la peluquería los vecinos van a buscar datos, información que puede cambiar un día: el teléfono de un plomero, “yo tengo que poder darte a vos un plomero que sea honesto y que haga un buen trabajo”. La función territorial de la peluquería es simple: cuando está cerrada, los vecinos se desorientan.
 
Conocedor como pocos de la realidad de los barrios, Daniel traza un panorama crucial y sensible del sur. “Yo siempre vi a Barracas gris, y a La Boca colorida, alegre. Son barrios diferentes. Vivir en La Boca significa tener raíces o hacerte de ellas y quererlas. Los domingos de los conventillos salía olor a tuco, no a asado. La gente vivía en comunidad por eso la construcción en La Boca debe ser original, no estoy de acuerdo con la edificación de moles de diez pisos. Hay que hacer conventillos actualizados, la identidad no se puede perder, la gente acá tiene una forma definida de vivir, nos gusta la vereda, el patio y que los chicos jueguen a la pelota”.