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lunes 22, enero de 2018

Las vueltas de la vida

Ciento veinte. Esos son los años que tiene de vida la calesita que, desde hace medio siglo, hace girar Antonio Cid. Tres generaciones de barraquenses disfrutaron de cabalgar sus corseles, navegar sobre sus barcos y soñar con la sortija. Está en Iriarte y Luzuriaga, en la esquina del Parque Pereyra. Por Leandro Vesco

Las vueltas de la vida

La calesita de Antonio Cid es un escudo contra la modernidad. Construida en 1897, el viejo armatoste de hierro y madera naufraga lentamente en la plataforma marginal de Barracas; el siglo XXI no alcanzó a este arca de Noé donde los recuerdos de tres generaciones de niños han marcado con un fuego sagrado los engranajes de una calesita que abre todos los días, llueva o truene, “sino vengo, me falta algo”, nos dirá Antonio, uno de los últimos magos de la ilusión.

 
Hace 49 años que Antonio está en su calesita en el Parque Leonardo Pereyra y no tiene pensado cerrar ni irse. Todo lo contrario, para él “la calesita no se va a morir nunca, porque es el único espacio en donde los niños hoy son felices” En un mundo infantil tan diferente del que vivió en sus inicios, a este estridente artefacto venían jóvenes de hasta 15 años a dar vueltas para disfrutar de una inocencia que se ha extraviado entre apps y youtubers. “Se va a bajar la edad de los niños, pero la calesita estará siempre. Además ella te deja elegir, porque acá comienzan a venir al año, luego ya no quieren entrar más pero la calesita te llama y te espera y el día menos indicado, es el propio chico quien le dice a la madre de venir”, es difícil que Antonio saque su mirada de la calesita, el eje por donde se mueve su mundo.
 
“Mi padre, tío y hermana, tenían calesitas. Es un oficio de familia. Ahora soy el único y el último que tiene una. Te tiene que gustar, sino es imposible hacer este trabajo. Yo abro los 365 días del año, no tengo feriados. Doy un servicio dentro de un parque público”. Desde 1969 han sido muy pocos los días que no ha abierto. “Tiene que llover mucho”, asegura. “Cuando me casé, acá enfrente –señala la iglesia del Sagrado Corazón-, la ceremonia era a las nueve de la noche, eran los ocho y media y yo seguía en la calesita. Crucé y me casé”. Antonio casi no tiene historias ni anécdotas lejos de esta isla enrejada donde los niños sueñan que pilotean aviones o son capitanes de una lanchita que surca mares bravíos, o acaso son jinetes que atraviesan distancias interminables. “La magia de la calesita es indescifrable”, reconoce el propio artífice de este hechizante juego donde la gracia es dar vueltas alrededor de un mundo pequeño donde retratos de enanos, la Cenicienta, Blancanieves y viejos personajes de Walt Disney provocan un estado hipnótico. “Los chicos entran sonriendo y se van llorando: siempre quieren otra vuelta más”.
 
La historia de esta calesita es larga. Fue construida en 1897, tiene 121 años. “Antes era tirada a caballo, el petiso daba vueltas con anteojeras. Estaba en el Club Sportivo Pereyra”, a pocos metros de acá, en un tiempo que parece ficción, “el viejo calesitero tenía que darle un rebencazo al pingo, yo muevo una palanca. En la calesita se filmaron grandes películas como “Pelota de Trapo”, “La Edad Difícil” y  Mirta Legrand la usó para filmar “María Celeste”, mirá si tendrá años!” La cuenta que hace Antonio es fácil, pero no deja de sorprender: “Acá hay abuelas que venían cuando eran niñas, luego trajeron a sus hijos, y ahora traen a sus nietos. Los pibes cuando me ven me saludan”, reconoce con humildad el dueño de los sueños. Es difícil verlo como un hombre normal al calesitero, para un niño es un cómplice, alguien que no está en el género humano. “A veces estoy en un lugar y siento que hablan atrás mío, son los chicos que me reconocen”.
 
En la infancia, todo el misterio de la vida se resuelve sentado en un caballito o en uno de estos autitos de madera. “Vas a ver que tienen nombres grabados”, nos cuenta Roberto Rondolino, quien hace 49 años que conoce a Antonio: venía a la calesita y la vida terminó forjando una amistad que ha cruzado dos siglos, es acuarelista y acompaña a su amigo. “Son los nombres de algunos chicos que han venido. Vas a ver una Patricia, es por Patricia Sosa quien venía cuando era niña. La lista es larga, Silvana di Lorenzo, Araceli Gonzalez, y el gran Roberto Mouzo. Para mí es un orgullo ser amigo de Antonio, y a veces me deja manejar la calesita”, este hombre, ya jubilado se emociona, no es para menos: ha cumplido el sueño del pibe.
 
A pesar de que cada vez son menos las calesitas que quedan en la ciudad, Antonio es optimista, ve entusiasmo en la nueva generación de calesiteros, nucleados en una Asociación que se junta una vez al mes en un Club en Devoto. “Cada uno maneja con su estilo la calesita, si yo veo que una madre no tiene plata, los dejo entrar igual. Para mí los chicos son todos iguales, el problema son los grandes. Los pibes no tienen maldad. Cambió mucho la mentalidad de los chicos, porque cambió la educación” En la calesita hay un momento culminante e iniciático: la sortija, el pasaporte a otra vuelta más, sin costo. “Es una trampa. La sortija es la alegría del pibe, yo me doy cuenta por la mirada. Cuanto más los haces enojar, más van a disfrutarla. Cuando la agarran es un triunfo, tienen en sus manos un trofeo. Mi trabajo es tratar de que todos tengan la sortija”.

El Parque Leonardo Pereyra es una bisagra en un barrio que ya no tiene más fábricas y donde quedan pocos niños. El empedrado, las casas bajas y las veredas arboladas son puntos cardinales de un tiempo que se aferra al recuerdo de lo que fue. La calesita, dentro de esta resistencia postal, es tan necesaria como la verdulería que abre todos los días, o el sol que baña el parque. “Cada vuelta dura cuatro minutos, siempre trato de alargar el final”, confiesa Antonio. Esos cuatro minutos durarán toda la vida, la calesita es un recuerdo inolvidable. Todos quisiéramos volver a dar una vuelta más.