Noticias

martes 9, junio de 2020

Sur, pobreza y epidemias

Hace 140 años, la trágica fiebre amarilla mató al 7 por ciento de la población de la ciudad de Buenos Aires. El principal foco se concentró en Barracas, San Telmo y La Boca. Hacinamiento, falta de agua potable y de cloacas potenciaron el brote. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no. (*)

Sur, pobreza y epidemias

Pobres, inmigrantes y hacinados. Sin agua y con contaminación. Como hoy, pero hace 140 años, una epidemia golpeó al sur porteño. Y al igual que ocurre actualmente con el Covid 19, el virus no distinguió clases sociales, pero evidenció las profundas desigualdades.    

 
La epidemia de fiebre amarilla comenzó en enero de 1871, de la mano de los grupos que llegaban de la Guerra de la Triple Alianza por el Río de la Plata. Dejó 16.000 muertos, en apenas unos meses. Para esa época, Buenos Aires contaba con aproximadamente 190.000 habitantes, de los cuales la mitad eran extranjeros. Las familias más pudientes, rápidamente, se trasladaron hacia el norte, a los barrios de Recoleta y Belgrano.
 
Mientras que en Barracas, La Boca, Pompeya y San Telmo la enfermedad –que, luego se supo, era transmitida por un mosquito, como ahora el dengue- afectaba sin piedad a pobres e inmigrantes.
 
El Riachuelo engendraba el peligro para la población que vivía a sus orillas: en sus aguas se descomponían los desechos de los saladeros y mataderos instalados en aquellas tierras desde los tiempos del virrey Vértiz. La salubridad era casi nula. No existía el servicio de agua corriente y la mayoría consumía el agua de aljibes y pozos contaminada con sustancias orgánicas. Los obreros del puerto vivían hacinados con sus familias en precarias barracas de madera, las piezas de los conventillos estaban atestadas de inmigrantes. Todas estas condiciones potenciaron el brote.
 
La ambigua información brindada por los organismos oficiales, y cierto sector de la prensa que insistía en cuestionar la existencia de la epidemia, instaló en los primeros días una confusión generalizada. Mientras las autoridades discutían si se trababa de un brote de fiebre amarilla, comenzaba el carnaval. Ante la falta de respuesta de las autoridades, se conformó una Comisión Popular de Salud Pública.
 
Finalmente, se prohibieron las concentraciones, los bailes y los carnavales. Después, el puerto se paralizó y se cerraron las escuelas, los bancos, las oficinas públicas y los comercios. A partir del 10 de abril se decretó feriado hasta fin de ese mes y se prohibieron la celebración de fiestas religiosas.
 
En el barrio de La Boca hubo 30 muertos por día. Quienes perdían la vida eran llevados al Cementerio del Sur, que colapsó y tuvo que cerrar. Donde funcionaba, el actual Parque Ameghino en Parque Patricios, se erigió el “Monumento a los caídos de la fiebre amarilla”.
 
Tan sólo un año y medio después de la epidemia, el que reapareció en la ciudad fue el cólera. El 18 de diciembre de 1872 se reportaba el primer caso en La Boca. Días después, surgirían otros, que confirmaron la llegada de la enfermedad que produjo 897 muertes, tres veces menos que en el brote de 1868. La observación médica había puesto de manifiesto que la epidemia de cólera se ensañaba con las clases sociales más bajas, con las que vivían en la ribera y con la falta de higiene. Se reconocía la transmisión del virus por el agua, pero todavía no se tenía noción de la importancia de hervir el líquido. A aquellos viajeros que llegaban de las zonas infectadas se les imponía la cuarentena.
 
Cualquier similitud con la actualidad es pura coincidencia... o no.
 
*Agradecemos el aporte para esta nota de Graciela Puccia y la Junta de Estudios Históricos de Barracas por la propuesta y por la información.